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04

Oct

Qué se debe

Jefe, qué se debe. Anda tráeme la cuenta. Te iba a pedir la dolorosa, pero me temo que en este caso, además de dolor, va a haber alivio.
Igual no nos viste, pero hace un tiempo entramos los dos juntitos de la mano, ella y yo. Yo que siempre cené solo en mesas de diez, esta vez no habia hecho reserva, y ni mucho menos para dos. Elegimos esta mesa porque pensamos que era la más romántica, la más apartada, y la única en la que creímos no haber estado jamás.
Igual no te fijaste, pero vinimos con hambre de muchas cosas dispuestos a apagar toda sed. El hastío nunca fue opción. Quedarse con las ganas no entró ni en el más barato de los menús.
Durante un tiempo, todo estuvo deconstruido, todo al revés. Comimos con los ojos, tocamos con los labios, y saboreamos con la piel. Nos encontrabamos en todos los turnos, por encima y por debajo del mantel, y no había quien se dejase recomendar. Sabiamos cuál era nuestro plato, en qué punto lo queríamos y hasta cuánto lo íbamos a degustar.
Pero no hasta cuando.
Quizá por eso, recuerdo perfectamente el día en que ella empezó a pedir fuera de carta. El día en que mi ensalada fresquita de manías se convirtió en un pesado empedrado de defectos. El día en que su revuelto de dudas leves se transformó en una empanada mental.
Y entonces lo vi. Se había enamorado de mí porque deseaba a ese otro en el que pretendió convertirme. Como quien, a fuerza de ir, acaba exigiendo sushi en un mexicano, burritos a un italiano o paella en un japonés.
Fue estúpido tratar de entenderlo. Inútil tratar de saber por qué. Tranquilo, que no te voy a pedir el libro de reclamaciones. No es culpa de nadie. Simplemente pasó, y antes de que nos diéramos cuenta, ella preguntaba lo que comían las otras mesas, los dos bebíamos para no charlar y yo miraba los mensajes del móvil mientras intentaba disimular nuestra crisis de ganas de superar nuestra crisis.
Poco a poco, sin darnos cuenta, nos habíamos transformado en una de esas parejas que al principio mirábamos con mezcla de risa, miedo y pena. Ésas que sólo se hablaban para reprocharse cosas, ésas que transformaban cualquier ocasión en un silencioso y tenso cara a cara, cualquier lugar en una salida y cualquier invitado en un menos mal.
Ahora que ya todo me sabe a tarde, y todo me sienta peor, ahora ya todo me recuerda a un casino. Más importante que saber estar, es cuándo saber largarse. Aunque aquí, como ves, el último que se levanta, la paga.
Hazme un favor, descuéntame todo lo que jamás pedí y aun así tuve que tomar, como sus cenas familiares, sus reproches a mis mejores amigos y mis pajas nocturnas a la luz de la tele.
Tampoco me pongas lo que pedí y jamás me trajeron. Como esa vida juntos, esos planes hechos a mentira, esos hijos que tuvieron nombre mucho antes que existencia, esa casa unifamiliar que jamás hubiera podido pagar.
Descuéntame todo eso y dime cuánto te debo, que yo te lo pago.
Y no te preocupes si al final nada cuadra. No te me apures si pago de más.
Con el cambio, me haces otro favor.
Le envías una botella del mejor champán a los labios de esa mesa.

20

Sep

—Pero “gloria” no significa “una bonita argumentación definitiva” —objetó Alicia.
—Cuando yo uso una palabra —dijo Humpty Dumpty con cierto menosprecio—, significa justamente lo que yo quiero que signifique. Nada más y nada menos.
—La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas distintas.
—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty—, quién es el que manda. Eso es todo.
Alicia a través del espejo

09

Sep

Y no me preguntes por qué, pero desde ese momento tuvo valor para reconocer lo que sabía, humildad para reconocer lo que no sabía, intuición para descubrir lo que no sabía que sabía y paciencia para seguir desconociendo todo lo que aún no sabía, y seguramente no sabría jamás. Se hizo duda y, con ello, se hizo eterna. Se hizo humana y, con ello, se hizo bien.
Historia de una duda

06

Sep

Que extrañar tiene mucho en común con extraño. No sé de qué me extraño.

Ocupamos el barrio del olvido. Desde hace ya un rato. Acudimos de tanto en tanto al barrio del miedo, nuestro barrio de siempre, aquél en el que crecimos, el que fuera levantado no hace mucho por políticos, profesores y madres que lo hacían sólo por nuestro bien. Pero nuestro vecindario de ahora mola mucho más. Aquí mandan las marcas, que tienen más dinero y muchos menos escrúpulos.
Y es que la gran alternativa al miedo es el olvido. El nuevo juego barra negocio se llama hacer olvidar. El pasado, los problemas o al vecino, da igual. El caso es borrar la memoria, sustituirla cada dos por tres, convertirla en material fungible y convertir nuestro álbum de recuerdos más personal, encuadernado con piel de gallina, en un triste bloc de post-it notes.
Lo sé porque, durante un tiempo, yo también he sido mercenario de la amnesia. Lo sé porque, de un tiempo a esta parte, lo vengo corroborando. La gente que más rápido olvida es gente de voto fácil, boca abierta y billetera feliz. Es la base de todo consumo. Sustituir viejos recuerdos por nuevas expectativas, dedicar cada vez menos tiempo al debe y mucho más al haber.
La melancolía, simiente de toda genialidad y romanticismo que antaño tantas buenas tardes nos diera, ha quedado relegada a su papel más injusto de toda la historia, venida a menos como algo triste, absurdo y rematadamente inútil. Estás obligado a mirar palante. Si no, estás ‘anclado en el pasado’. Y a mí que siempre me da por pensar en que si tan malo es llevar ancla, por qué no la eliminarán ya de una puta vez de toda embarcación.
La palabra trampa es ‘nuevo’. Nuevo como eterna promesa que jamás se cumple, porque muere en cuanto se hace mayor. Nuevo como infantil espejismo que se esfuma en cuanto se hace presente, como sinónimo irrevocable e indiscutible de algo mejor. Cuando, digo yo, que no siempre será así. Nadie me avisó de que, a partir de ahora, avanzar exigiría necesariamente quemarlo todo por donde venimos pisando. Ahí está el triste o nulo papel que juegan nuestros ancianos, que empiezan a serlo cada vez más pronto.
Pues yo me niego, oiga.
Me niego a olvidar. Con la misma fuerza que me niego a ser olvidado por aquellos a los que alguna vez quise. Por la misma razón que me llevó a decidir lo que acabé haciendo. Sentenciaba mi abuela que es de bien nacidos ser agradecidos, y yo me siento muy agradecido a lo bueno y lo malo que me trajo aquí, porque en algún sitio había que estar, y si éste es el mío, es mejor que ninguno, vaya que sí.
Pero es que hay mucho más. Que me encanta echar de menos. Que es de las cosas más bonitas que pueden pasarme por dentro. Saber que hay algo o alguien que está separado de mí por una distancia o un tiempo insalvables, y aún así, quererle bonito y desearle bien, pero de lejos. Y si encima sabes que es temporal, entonces ya es el no va más. Amar la ausencia del que va a volver tiene algo tremendamente excitante, la de rellenar su hueco con retales de sueño e ilusión.
Que extrañar tiene mucho en común con extraño. Que si la primera refleja lo que sentimos, la segunda debería indicarnos cómo no sentirnos ante lo que sentimos.
Y al final, este texto, oiga, que vuelve a no decir lo que quería decir.
No sé de qué me extraño.

02

May

jeremydwill:

I was one.
Don’t tell me what God can’t do.
All things are possible despite your origin. 

jeremydwill:

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Don’t tell me what God can’t do.

All things are possible despite your origin. 

epic4chan:

are you familiar with meme theory

Pon un sheldon cooper en tu vida y mejorará considerablemente…

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Pon un sheldon cooper en tu vida y mejorará considerablemente…

Pon un canalla en tu vida! Ebre Musik 2011. Movidón!

30

Apr

manengmaneys:

PORTFOLIO

I love this Ad. So true. :)
“Its my Porfolio, and describing it is describing me.”

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lunchdatewithautumn:

What would you name your twins?

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hasvistoesto:

rellena tu silla con lo que quieras.

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